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domingo, 27 de marzo de 2022

VIOLA RIVINIANA

Viola riviniana
  
Un paseo para ver el despertar de la vegetación


Viola riviniana
Esta tarde, me digo, subiré a Ulia por el Camino Zemoria, a ver si noto la llegada de la primavera. Al acercarme veo que una señora se empina junto al muro para meter pan, supongo que seco, bajo la alambrada de la finca por la que se mueven media docena de cabritillas. En esto no se nota el cambio de estación, en cualquier momento hay quien no sabe qué hacer con el pan duro. Tampoco, con ver las celidonias floridas, que lo están hasta en enero. 

Viola riviniana
Otra cosa son los extensos grupos de violetas floridas en el ribazo junto a las escaleras de subida: buen signo de que ha sonado el despertador de la primavera. 
Me pasan tres jóvenes, que también se habían detenido a observar las cabritillas, comentando vete a saber qué en inglés. No parece que les interesen las violetas. Tampoco, al que fuma apoyado en la barandilla con ropa de albañil. 
Agur y agur, nos decimos.

Viola riviniana
Empieza a chispear. Serán dos gotas, pienso. Hay variedad de plantas en flor: dientes de león, cerrajas, cuajaleches, apio de caballo, oreja de gato, fumarias, crepis, consueldas, cimbalarias. Los acantos, que florecerán dentro de un mes, ya han desplegado sus amplias y dentadas hojas brillantes. 

Viola riviniana
Al llegar al Paseo Arbola me detengo ante un nuevo cartel de Natura 2000: Ulia, espacio natural (para animales y plantas). Un mapa señala un doble itinerario para observar la variedad natural de este monte. Llega una pareja de adolescentes, que según la hora deberían estar en algún cole. Se paran a mirar el mapa; se sitúan en Pasajes en vez de en Gros. Les señalo la posición. No leen la información sobre los valores naturalísticos: ellos son lo natural.

Viola riviniana
El tiempo se ha puesto tristón. Se me acerca un chucho; quizá esté interesado en las fresas que estoy fotografiando. Su dueña le llama; como va por el otro lado del paseo, creo que no ha llegado a fijarse en las fresillas. Mejor; a ver si encuentro alguna dentro de un mes. Desde un mirador se distingue la casa incendiada esta mañana: aún humea. Me vuelvo por las escaleras hacia El Rodil. Tendré entretenimiento el resto de la tarde: nominar y encuadrar las fotos.

Viola riviniana
Lo vistoso y vital de la vegetación en los pétalos de las violetas

viola riviniana

martes, 27 de febrero de 2018

VIOLA ODORATA


Junto a la acera, desapercibidas violetas silvestres olorosas

Viola odorata

Viola odorata







¡Por fin! Por fin he encontrado la violeta olorosa de hojas redondeadas. Y ha tenido que ser en un talud de la calle Sibilia de Donosti, sobre Egia. Después de ver tantas violetas olorosas de hojas puntiagudas por las orillas del Irati, ha tenido que ser en un costado del parque Matigoxotegi donde he percibido, ahora sí, la fragancia de esta escasa especie de violetas.





Viola odorata












Pasan por la acera dos señoras que me miran de reojo.  ̶  Y con esa cámara, ¿qué estará mirando?
Sube otro jubilata con su bastón y se detiene.  ̶ ¿Son hierbas para el reuma?
Ahora se acercan tres chavales con sus bolsas de deporte. Siguen. Van al campo de futbol de al lado.
Estas violetas, ¡claro!, no tienen la vistosidad de las violetas-pensamiento, que los jardineros municipales plantan en los parterres.


Viola odorata












Y ciertamente, solo acercándose a ellas se percibe su penetrante fragancia. 
La circulación de vehículos hace difícil que, al pasar, chicos o mayores lo noten. 
Tendrán que abrir algún frasco de perfume SSirimiri, la esencia de San Sebastián según creación de Benegas, para disfrutar todo el año la fragancia de las violetas.






Viola odorata














Desde este talud tengo en frente la larga tapia del cementerio y, con el olor de estas violetas, me figuro que algo así debe de ser el llamado olor de santidad. Seguramente hay mucha santidad sepultada tras ese muro: muchos trabajos, mucho amor, muchas lágrimas. Y sí, sí; ahí cerquita, reposa la santa laica Clara Campoamor, en el panteón de la familia catalana Mosó Riu, afincada en San Sebastián, y de la que Clara era la madrina.







Viola odorata











Clara Campoamor, a mi entender la persona más ilustre de este camposanto, mantiene la frescura de la fragancia, que se percibe aún, de su ímprobo trabajo por desarrollar los derechos de las mujeres: el sufragio universal, la igualdad jurídica de hijas e hijos. Su escrito, El derecho femenino y yo, quedará para la historia del empeño de esta gran mujer por hacer cambiar las leyes de un Congreso republicano mayoritariamente masculino.











De la delicadeza de los perfumes a la firmeza del esfuerzo igualitario, dicho con violetas

 
Viola odorata